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Para las personas que se han refugiado en la comida, el pensamiento más común que les acompaña es que la comida nunca abandona, no pone pretextos ni tiene ideas propias. Eso lleva a las personas a ingerir alimentos sin control, día a día, generando en nuestro cuerpo no solo sobrepeso u obesidad, aumento del cansancio y el riesgo de padecer alguna enfermedad cardiovascular debido a que, en períodos de inestabilidad, estamos más propensas a elegir alimentos grasosos.

Para Geneen Roth -autora del libro “Cuando la comida sustituye al amor”– lo que nos sirve no es el sabor ni la textura ni el olor de la comida; comer en exceso es una manera de darnos lo que, en nuestro sentir, nos merecemos, aunque también sirve para protegernos de que nos hieran, ¡Sí! De ser heridas, aunque no es una herida que este en el presente o en el pasado, al sentirnos demasiado gordas como para que nos acaricien la pancita o apagando la luz para que nos vean esos kilos demás, estamos apartando la posibilidad de la intimidad para reemplazarla por el miedo.  La compulsión, en este caso a comer, no deja lugar para el amor; de echo esta autora señala que se empieza a comer demasiado porque cuando había lugar para el amor, la gente alrededor no era capaz de amar. Por lo tanto, el comer demasiado nos protege del dolor psíquico que va asociado al amor y al usar la comida para calmar este estado emocional nos lleva a alimentarnos no por la sensación del hambre.

Ahora bien, comer es una conducta placentera y en muchas ocasiones también lo asociamos con una recompensa, por ejemplo, cuando nuestros padres nos compran un helado si nos portamos bien o nos dan galletas cuando es momento de sentarnos a platicar sobre lo que hicimos en nuestro día. Aquí, entra en juego un neurotransmisor que actúa como refuerzo a esta conducta, la dopamina, también presente en el consumo de drogas o durante las relaciones sexuales y puede ser la causante de que se abandonen las dietas, aunado a que suele ser una forma útil de hacerle frente al estrés ¿sales a la tienda más cercana cuando te sientes agobiada?

Por otro lado, en el interior de su libro Alimentación Emocional, Isabel Menéndez señala que existen algunas pautas que hacen que nuestro cuerpo gane peso, las cuales son:

  • Miedo a crecer:

La abundancia de comida suele estar asociado con padres sobreprotectores así que, frente al temor de enfrentar por nosotras mismas decisiones y acciones se puede comer más de la cuenta.

  • Dificultades afectivas:

La comida suele tener un efecto mágico, como lo dije líneas arriba por la dopamina, que hace desaparecer aquella emoción que amenaza con descontrolarnos.

Este comportamiento adictivo, suele esconder sentimientos de enojo, rabia, culpabilidad, aislamiento o incertidumbre, una baja tolerancia a la frustración.

Esta falta de gestión emocional se compensa con el control que podemos ejercer sobre lo que nos comemos.  Así que vale la pena analizar que emoción o emociones nos hacen comer.

  • El valor asociado:

Algunos alimentos están estrechamente ligados con nuestros recuerdos y suelen ser más especiales que otros, pues alimentan nuestra estima y el sentimiento de ternura. Para mí siempre han sido los pasteles; hacerlos con mi madre o llegar de la escuela y verlos en la nevera me producían mucha alegría y tarde en darme cuenta que yo comía pastel siempre que me sentía triste. ¿qué comidas te evocan recuerdos?

Cuando más aceptamos nuestras limitaciones y debilidades más fuertes nos hacemos, pero, esas no son características de aquellas personas que llevan las dietas el extremo, una vez llego al consultorio una persona que solo comía calabaza y coliflor cocidas con jugo de toronja todos los días, tres veces al día. En este caso, la dieta es un castigo donde el sufrimiento es mayor que el placer. Basta decir que la intolerancia a unos kilos de más puede esconder la obsesión de no aceptarnos con fallas y defectos, de no aceptarnos humanos.

Las dietas también ayudan a construir fantasías, la ilusión del cuerpo delgado que no deja ver que quizá, lo que se persigue es poder ser otra persona, una diferente a la que veo en el espejo, y aunque nos sintamos mejor y podamos ver la cifra decreciente en la bascula no es posible llegar a la imagen de perfección del estereotipo ni cambiar esa imagen del cuerpo interno que proviene de cómo nos miraron los adultos de los que dependimos, en palabras del psicólogo infantil y psicoanalista Bruno Bettelheim, el hambre y la falta de amor es a lo que más tememos de niños.

Es claro que nuestra relación con la comida obedece a los primeros modelos de amor, más específicamente de la madre a los hijos (as) y de la madre hacia al padre. Esa imagen solo puede cambiar en la medida en que podamos encontrar el equilibrio entre la persona que somos y la que queremos ser, conociéndola y entendiendo de donde viene, cómo procede y que dice de ella su relación con la comida y la de su entorno.

Esperamos tus comentario, hasta el próximo leencuentro.

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