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A todos nosotros nos ha pasado que en un día cualquiera, el jefe nos grita, el trafico estuvo imposible, olvidas un compromiso y la comida estuvo terrible. Y cuando llegamos a casa un simple ¿Estás enojada? o un ¿Qué te pasa? nos hace explotar como volcán como si nos agraviaran por tercera o cuarta vez en el día.

Después de experimentar una jornada tan mala, tenemos la necesidad de sacar toda esa tensión que hemos ido acumulando. Y claro, le suele tocar a las personas de más confianza adoptar el rol catártico y ser el punching bag (sin que tengan ninguna responsalbilidad de lo que nos pasa) para que nosotros nos liberemos del enojo contenido que traemos, y que no nos hemos atrevido a soltar en otra parte.

Sucede también que, en un día normal cualquiera de nosotros pronunciamos unas dieciséis mil palabras. Nuestra mente es un procesador programado para encontrarle sentido a las cosas y lo realiza a través de organizar todo lo que percibimos -lo que vemos, oímos, sentimos- junto con las experiencias y relaciones. Pero, nuestra voz interna produce muchas más palabras y discursos al respecto que no pueden ser cuantificados, volviéndose muchas veces un narrador nada confiable.

En palabras de Susan David, autora del libro Agilidad emocional, en muchas ocasiones solemos aceptar lo que dice este narrador interno, aunque la mayor parte de ellas son en realidad una mezcla compleja de evaluaciones y juicios exacerbada por nuestras emociones y no sería raro que después de tantos tropiezos en el día este narrador comenzara a decirnos que no servimos para este trabajo o que no tiene caso hacer más, lo que hace que nos enganchemos aún más en el enojo. 

Todo esto se junta con que damos por hecho, de forma no muy consciente, que las personas que tenemos cerca y que nos quieren, nos van a soportar en esta actitud y en cualquier otra, que no nos van a abandonar o a rechazar y que son suficientemente fuertes para soportar este embate (creencias que distorsionan la noción de confianza) por lo que no limitamos nuestro mal humor; con personas que no son tan cercanas como el jefe que nos gritó, hacemos el balance sobre el rechazo o los problemas que desencadenaría, además al no ser de nuestra confianza, no nos atrevemos a sacar a la luz esa parte de nosotros.

Por otro lado, James Coan, profesor de psicología en la Facultad de Artes y Ciencias de la Universidad de Virginia, utilizó escáneres cerebrales de resonancia magnética funcional para descubrir que nuestra evolución ha hecho posible que las personas con las que nos relacionamos estrechamente, entrelacen un tapiz neural con nuestra propia identidad. En los estallidos de rabia, la respuesta impulsiva ayuda a esa persona a quitar de esa red a la persona que se esta lastimando, esta respuesta suele ser de autoprotección neuronal pero, claro esta que no es la mejor respuesta.

Controlar esta conducta requiere de un poco de esfuerzo, primero, es indispensable que pienses en lo que ha causado tu enfado. Si verdaderamente ha sido la actitud o el comportamiento de otra persona, es a ella a quien tendrías que expresarle cómo te sientes y qué consideras que ha sido el problema, siempre de una forma asertiva. Considera que, de no hacerlo, la persona no lee tu mente y no sabe que eso te disgusta y lo volverá hacer en otras ocasiones. Si el enojo es contigo, lo más sano es admitir tu responsabilidad pero sin latiguearte (puedes checar nuestro artículo sobre la autocompasión si lo necesitas, lo dejo listo en el botón). El estudio del profesor Coan también apunta que esa tendencia a lastimar a otros y la cual se puede ver como falta de empatía, es en realidad una falta de amor propio, dándole validez a ese dicho popular de “nadie puede dar lo que no tiene” así que, es probable que tengas que trabajar en la forma en que te amas; busca ayuda profesional.

Hasta el próximo leencuentro.

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