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La mancuerna entre la filosofía existencial y la psicología humanista

En términos heideggerianos, el ser ha sido lanzado al mundo y la filosofía existencialista ve a este ser como un ser propenso a la ansiedad, entre la culpa y la incertidumbre y con un sinfín de decisiones que tendrá que ejercer a lo largo de la vida.

Desde Jean-Paul Sartre (2009) se le ha añadido, como él mismo lo refiere, “la posesión de lo que es… el hombre está condenado a ser libre y le corresponde a el darle un sentido y un valor a lo que elige” (p.85) Para Sartre, la clave del ser humano reside en su proyectarse hacia el porvenir, es decir, sus proyectos: sus planes, esperanzas y expectativas, cada uno de los cuales significa un sentimiento unificador de orientación hacia una meta en la vida. Es este proyecto central el que en gran medida da sentido a la vida.

En paralelo, la psicología humanista va en contra de la despersonalización y de ver al Hombre solo como un objeto en el tiempo -como lo postula Rollo May (2000) en su libro el Dilema del Hombre-, en su lugar promueve el ser visto como un ser en construcción, capaz de generar para sí mismo un conocimiento por amor que genere a su vez una experiencia amorosamente humana, como lo argumenta Abraham Maslow (1982).

Podemos decir entonces que la psicología humanista es “existencial” en la medida en que se concentra en el significado y en el propósito, en la tendencia actualizante del Ser de la que hablaba Carl Rogers (1993) la cual es inherente al ser humano, que es capaz de dirigirlo hacia el crecimiento y maduración, lo cual, en si mismo, puede llevarlo a construir metamotivaciones capaces de elevarnos a las experiencias cumbres de las que refería Maslow; su énfasis recae en lo que el ser humano esta sintiendo, experimentando y pensando pero que esto dependerá del marco de referencia desde el cuál se registre, destacando así el componente epistemológico existencialista desde el cuál se ha formulado.

La psicología humanista, sin embargo, posee distintos matices, entre los que se encuentran: la psicoterapia centrada en la persona, de Carl Rogers -generada en Norteamérica y la cual propone una psicología orientada a la independencia e integración del ser desde su conocida tríada: aceptación positiva incondicional, la autenticidad y empatía. El concepto sobre el si-mismo es un constructo central en esta teoría pues es a partir del cual se organizan y se estructuran las experiencias pero que también es capaz de lograr un desequilibrio cuando no existe una congruencia con la autoimagen mental -, la gestáltica, de Fritz Perls -iniciada en Europa y tomando gran auge en Nueva York, pretendía que el paciente llegara al “darse cuenta” a que se percatara de lo que está sucediendo aquí y ahora, lo que siente por encima de lo que piensa, de lo que experimenta en el momento presente en lugar de lo que pudo haber sido-; la Bioenergética, de Wilhelm Reich -y de los más criticados, su impacto ha quedado vigente por meter al cuerpo y verlo como el escenario donde suceden distintos conflictos psicológicos-, y el análisis existencial (conocida como logoterapia) de Víctor Frankl, cuyo enfoque más teleológico se enfoca en el sentido como razón para vivir, anclándose así en un eje más espiritual.

Como se podrá inferir, el punto de conexión de dichos matices está en la concepción de que la persona puede y debe curarse a sí misma, la figura del terapeuta sólo funciona como una guía y la ayuda para que lo consiga, es decir, cumple más bien un rol de aliado que de especialista.

Mención aparte tiene la fenomenología como parte de los fundamentos epistemológicos que la sustentan. La forma en que la psicología humanista observa la realidad y el cómo lo hace, sin la intención de separar las actitudes y las experiencias de los consultantes de la realidad, hace que la psicología humanista no pierda vigencia y que, al contrario, haya funcionado como un constructo sólido sobre el cuál construir la cuarta fuerza. Al respecto, Lasso et al. (2011) señalan:

[…] Esta psicología considera las vivencias subjetivas como un flujo de fenómenos a través de los cuales la persona representa su realidad y proyecta esa percepción en su relación con el mundo. En esta percepción juega un papel importante la intencionalidad: el ser humano está en capacidad de direccionar sus acciones y hacerse responsable de su propia subjetividad. (p.107)

Por lo tanto, la psicología humanista valida como vía de aproximación al ser humano la aceptación de su subjetividad en los términos que la persona la vivencia y con ello deposita el sentido de responsabilidad de la propia vida en la persona misma. C. Rogers (1993) afirma que en el organismo humano se presentan de forma ininterrumpida vivencias hacia las cuales puede dirigirse de manera voluntaria, empleándolas como punto de referencia para descubrir el significado de su existencia en el momento presente y que se genera en un entorno especifico (campo fenomenológico de la experiencia) y de la cual es responsable.

La cuarta fuerza, la Psicología Transpersonal.

Thiago Matos en Pexels

La Psicología transpersonal es la heredera de la Psicología Humanista, de la psicología cognitiva y del psicoanálisis, pero una de las cosas que la caracteriza es que esta pone énfasis en lo “trans” entendida esta como el avance hacia la experiencia trascendente y multidimensional. El contexto en el que se desarrolla en un mosaico de factores que tienen lugar en los Estados Unidos a mediados de la década de los sesentas; la llegada de maestros de espirituales venidos de Oriente, el movimiento hippie, el activismo de los derechos civiles, la postguerra y la Guerra de Vietnam; en lo global, la invención de la televisión, el hallazgo del LSD, la fisión nuclear y por supuesto la física cuántica.

Las expresiones artísticas tenían en las letras a Albert Camus y Herman Hesse mientras que en las artes plásticas el movimiento Pop estaba en el auge. La búsqueda sobre algo que diera esperanza más allá de la destrucción, del capitalismo y el hambre había comenzado.

Esa generación empieza la búsqueda de la realización, fuera de lo establecido. Aquí inician las experiencias con psicotrópicos y métodos contemplativos orientales como el Tai chi y la yoga.

Tal y como lo establece Mauricio Cerda (2012) la psicología Transpersonal comparte con la Psicología Humanista muchas similitudes, partiendo de sus principios filosóficos que he establecido líneas arriba y otras de tipo psicológico que el autor establece, entre las cuales destacan:

  • El ser Humano está impulsado por su tendencia a la autorrealización.

Donde no solo tiende a la autoconservación también a la realización y exponenciación de sus potencialidades.

  • El ser Humano es dinámico

Entendiéndolo como que el ser humano no solo busca la satisfacción de necesidades también genera nuevos desafíos.

  • El ser humano es creativo.

El autor refiere que siempre se esta creando, siempre se esta innovando y lo único necesario para realizarlo es hacerse cargo de su propia subjetividad.

  • El ser Humano construye proyectos de vida y se orienta a un sistema de valores.

Significa que las personas adoptarán ciertas formas de comportamiento, además diseñan planes (gracias a estos valores) que le otorgan metas y una conciencia de misión. 

Ahora bien, he establecido que la Psicología transpersonal constituye un cambio de paradigma -aún con los puntos convergentes que mantiene con el humanismo-, primero por las cuestiones sociales en la que se desarrolló y segundo por la semilla que el hombre mismo coloco al buscar dentro de sí las respuestas lo que empezó a generar estados contemplativos y ampliados de la conciencia. Ahora me detendré a establecer los puntos divergentes entre ambas.

La psicología transpersonal según Roger Walsh y Frances Vaughan apunta, por ende, “a la expansión del campo de la investigación psicológica para incluir dimensiones de la experiencia y del comportamiento humanos que se asocian con la salud y el bienestar llevados al extremo” (Walsh y Vaughan, 2008,10). Refieren también que:

El modelo humanista también reveló sus limitaciones en cuanto a abarcar el abanico cada vez más amplio de la experiencia y las potencialidades humanas reconocidas. Se ha de señalar que este reconocimiento de las limitaciones de los modelos representa una fase necesaria y deseable en la evolución de los mismos, que implica el reconocimiento continuado de los límites y los prejuicios de los modelos en vigor y su sustitución por otros más amplios. (p. 20-21)

Es decir, el paradigma tradicional con que Occidente y la psicología había mirado al ser y a la naturaleza había sido reduccionista, dualista y atomista. La tradición científica había descompuesto a la naturaleza y al ser en partes separadas y aisladas, dicha crítica es la misma que le hace Virginia Moreira (2001) al humanismo refiriéndose que ha sacado al hombre de su contexto relacional e histórico.

La psicología transpersonal, por su parte, intenta ir más allá de los anteriores postulados, al integrar al ser humano no sólo consigo mismo y con su medio sino con todo el Universo. Integra los saberes de la física moderna cuando refiere que entre todos los seres y las cosas que habitamos el universo existe un entramado, una especie de tejido relacional que nos conecta a todos y a cada uno.

K. Wilber, en su libro el Espectro de la Conciencia, marca otra diferencia sustancial, a lo largo de la historia, nos hemos ceñido a dos modos de conocer, un conocimiento inferencial y simbólico que ha descompuesto en partes el Universo y el hombre, que necesita dividir el mundo en observador y observado y que lo único que hace es dividir en dos. Por otro lado, el conocimiento íntimo y experiencial coge en una sola pieza el mundo, siendo así, los seres humanos serían como “partes” del universo y contenemos en nuestra biología y en nuestro ser toda la información condensada del mundo.

[…]cuando nos limitamos a utilizar el modo de conocimiento simbólico y dualista, que separa al sujeto conocedor del objeto conocido, otorgando a dicho objeto un símbolo o nombre apropiado, nosotros nos sentimos también distintos y ajenos al universo, identidad representada por nuestro papel y nuestra autoimagen; es decir, el símbolo pictórico que hemos formado de nosotros mismos, convirtiéndonos dualmente en un objeto con respecto a nosotros mismos. Sin embargo, el conocimiento no dual opera de un modo distinto ya que, como hemos dicho, la naturaleza de dicho modo es la de ser uno con lo conocido (Wilber, 2005,65)

Lo “trans” iría más allá de los límites sensoriales y egoicos normales de la experiencia cotidiana y más allá delo conocimiento dualista; la experiencia transpersonal puede, por lo tanto, llamarse meta-egoica puesto que ocurre una trascendencia de –un ir más allá– del sentido cotidiano de la mentalidad emotiva atrapada dentro de un cuerpo.

Esto no significa necesariamente que el ego, el sentido de identidad personal, esté destrozado o desaparecido. La mayoría de las veces, significa que la identidad del ego se expande para incluir una versión previamente inimaginable en aspectos más profundos. Una diferencia básica con respecto al enfoque humanista.

El ego (entendido en otros enfoques como personalidad) desde aquí está envuelto en una potencialidad trascendente. La psicología transpersonal se identifica a sí misma al plantear la existencia de diversos estados de conciencia que van más allá de lo que ordinariamente conocemos como vigilia y sueño o del soñar despiertos como Jung lo manejaba. Habla además que la personalidad es un aspecto del ser, con el que puede identificarse pero que no es necesario que lo haga pues la desidentificación de ella también nos distancia de la experiencia egocéntrica; es el primer paso para la construcción de una identidad espiritual, de ver al ser humano como poseedor de un potencial autotrascendente y evolutivo como lo puntualiza M. Cerna (2012).

Hasta el próximo leencuentro.

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