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Estamos lejos ya del MMC (mientras me caso) y por eso, muchas de las mujeres que han retrasado la maternidad en algún momento se han hecho esta pregunta ¿Por qué tener hijos?

Movidas por la curiosidad y por la necesidad de respuesta  hemos leído algunos tratados al respecto, algunos de ellos poniendo el acento en la trascendencia, aquella entendida como la necesidad  de ir más allá de nuestro tiempo, dejar una huella, inmortalizarnos, y aunque es indudable que nuestros genes pasarán a nuestra descendencia y seguirán existiendo cuando nosotras ya no esta razón no parece ser suficiente para convertirse en madre.

Otra teoría, cada vez más cuestionada por la enorme dificultad que supone encontrar actitudes universales, pensar que existe una especie de programación en nuestro cuerpo con lo necesario para iniciar el camino a ser madre, es la del instinto materno. Esta idea se viene abajo por un contundente análisis del sociólogo francés Pierre Bourdieu quien comenta que la procreación como la reproducción están fundadas en ilusiones colectivas. No es de sorprender entonces que, en 1760 comiencen a verse publicaciones que aconsejan a las madres ocuparse de los hijos personalmente y que le den pecho. Élisabeth Badinter en su libro ¿existe el amor maternal? comenta que, al contrario de los animales, dicho instinto no existe pero esta idea comienza a generar en la mujer la obligación de ser madre ante todo, lo que engendra ese mito que sigue vivo hace más de 200 años.

Afortunadamente con los movimientos femeninos, la equidad, la igualdad y la libertad, en algunas partes, ya es más fácil dejar de ver al supuesto instinto materno como una razón de peso o como nuestro deber de preservar la especie.

Otra decisión que nos empuja a decidir es el mandato social. A los 30 mi ginecólogo ya me preguntaba ¿para cuándo los hijos? Las amistades bien intencionadas te lanzan el dato de que después de los 35, porque lo leyeron en algún lado, el embarazo ya como un deporte extremo, de alto riesgo. La publicidad de igual forma bombardea fuertemente con sus ideas de familia y las edades para construirla.

Por si esto fuera poco, en esta búsqueda, también podemos encontrar información que a cualquier persona con indecisión le generaría miedo; la noción de madre todopoderosa. Aquella que puede partirse en mil pedazos, la que sabe que ser madre es una vida sacrificada, llena de esfuerzos, frustraciones pero que canaliza todo esto en forma correcta y amorosa. Esto puede generar una incapacidad imaginaria para ser mamá. Cuando esto sucede es lógico preguntarnos si nosotras podremos compaginar nuestro trabajo, nuestra realización personal y las condiciones socioeconómicas con la labor de ser madre.

También existe el miedo a ser madre por la visión que se tiene de la maternidad como un castigo, más aún cuando tuvimos una mamá que, sin darse cuenta o no, nos lastimaba con comentarios sobre el físico que perdió cuando se embarazó, sobre la pérdida de libertad que tuvo. O una sociedad que castiga a la futura madre bajándole el sueldo o corriéndola (porque eso aún sucede, aunque parezca que no) o cuando nos pensamos que la crianza es una acción realizada exclusivamente por las mujeres. Otras pueden tomar la decisión debido a la separación de sus padres y las consecuencias que eso tuvo: la incursión de las madres a la vida laboral o incluso la enfermedad de ellas, las llevo a desempeñar de forma temprana, labores de cuidado y atención de sus hermanas y hermanos.

Sea como sea, la decisión de no tener hijos es para muchos investigadores e investigadoras un fenómeno social que va a la alza, tan es así que ya se ha denominado una categoría al respecto, las NoMo (por sus siglas en inglés No Mother) y es que decidir no ser madre es saber que no te vas a convertir en una por temor a la soledad o por los prejuicios. Al final del día los hijos e hijas no tienen porqué ser los responsables de cuidarlas en su vejez, ni tienen la misión de ser sus acompañantes perpetuos, o de completar su existencia. En el caso arriba planteado y en este la maternidad es vista como una esclavitud, tanto para la madre como para sus descendientes.

Dejar de ser madres crea un estigma. Para el sociólogo Erving Goffman el estigma es una reacción de un grupo social que consideran que están ante una persona que estropea la identidad normal, en esta caso las mujeres que lo han decidido,  y se hace presente en expresiones como “Eres una egoísta”, “Sin un hijo no serás feliz”, “no podrás completarte como mujer” . Es decir, las mujeres que han decidido no convertirse en madres presentan discriminación y ataques lo que genera un estrés psicológico. Marcela Lagarde –autora del libro Los cautiverios de las mujeres- comenta que las mujeres que no tienen hijos son vistas como algo incompleto, liminal, no es como ser viuda o divorciada. También se asume que se trata de una inadecuación psicológica, una falta de habilidad para comprometerse, como si la madurez psíquica o emocional fuera proporcional a la aceptación de la maternidad.

Por lo anterior, tener clara la decisión de no convertirse en madre requiere de una evaluación sobre el proyecto de vida que se desea construir, la congruencia para llevarlo a cabo y la fortaleza para no sucumbir a la presión social. Después de todo, la no maternidad y la maternidad deben ser una elección y una experiencia voluntaria y libre.

Hasta el próximo leencuentro.

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