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Cuando pensamos en el diablo llega a nuestra mente la imagen de alguien soberbio, poseedor de la verdad absoluta, vanidoso y manipulador, un personaje que sin duda alguna ejerce poder. El poder tiene distintas manifestaciones, incluso, cualquier diccionario de sinónimos equivale esta palabra ilustrándonos -de alguna manera- en las situaciones que lo hacen visible como el dominio, mando, jerarquía, prepotencia, vigor, facultad, supremacía, privilegio, superioridad e influir.

El psiquiatra y fundador del Análisis Transaccional, Eric Berne, refería que todos los seres humanos estamos insertos en juegos de poder cuya motivación suele ser el que las personas hagan lo que yo deseo que hagan, protegerse del miedo o evitar sentirse incómodos. Para que el juego se dé es necesario elegir un rol: salvador, perseguidor o víctima para asegurar una relación circular.

En cualquiera de estos roles, la manipulación y la imposición son muestra del poder que existe. En la pareja es más fácil observarlo pues existen comportamientos como intentar cambiar lo que no les gusta de la otra persona, tratar con menosprecio a la pareja, competir entre ellos, sentirse amenazados si la otra persona crece, mostrarse vulnerable con la otra persona para que te ayude a solucionar problemas, entre otras. Por lo general, la persona que ejerce poder está convencida de que tiene la razón y por ello exige, no importa si es de forma educada, con argumentos o con gritos, la postura es de dominación, una forma muy clara y directa.

Ejercer el poder es tratar de obtener un beneficio del otro para sí mismo a costa del otro, no solo material o económico. Para el historiador y filósofo Michel Foucault, el poder (además del gubernamental o el institucional) es una relación asimétrica que esta constituida por una autoridad y otra parte que obedece, dicho factor se ha dado a lo largo del tiempo y que esta presente en ámbitos sociales como en una relación de amistad. 

Dentro de las familias una forma de ver esta forma de interacción es a través el llamado doble vínculo, como cuando alguien nos dice que nos quiere, pero nos aparta con la mano, esta contradicción crea en quien recibe el mensaje una gran confusión y sí el vínculo además es fuerte, coloca al receptor en la única opción que se percibe posible: la dependencia. Otro caso es el de aquellas familias donde se escuchan frases como: “Debes”, “Esto es así”, “es así como debe hacerse” que se convierten en puntos de referencia inamovibles y que, al paso del tiempo, se vuelven lozas insoportables para quienes la incumplen.

Por otro lado, están aquellas personas que ejercen el poder de forma sutil y que se disfraza de humildad (siendo este el rol de victima) por ejemplo, aquellos que enuncian “Cuando el trabajo me deje ir al gimnasio…” “Me doy cuenta que me canso mucho si hago algo más saliendo de aquí”, “Podría hacer mi tesis, pero ya tengo este trabajo que me absorbe”, “Yo soy amigo de Fulano y de Mengano”. La semilla de este tipo de poder, a decir de Pablo Población – doctor en medicina y psiquiatría- es la competencia que se nos inculca a temprana edad, cuando niños aprendemos que es mejor ser superior que el otro, pero sin ser etiquetado como una persona sin recatos, de ahí la necesidad de pasar como alguien dócil que solo tiene de amigos a los más populares.

Este poder vestido de sencillez es tan oculto que muchas veces lo único que se nota es la queja, la sensación de ser victima de las circunstancias y de aquellos que se muestran poderosos. Tiene la ganancia secundaria de conmover y mover a los demás para lograr algún tipo de beneficio.

Se debe destacar que todas estas formas de poder coexisten, ante un acto de poder directo la otra persona responderá con su propio modelo de ejercerlo, esto hace una retroalimentación y por lo tanto un ciclo. Pueden existir también ciclos donde todas las personas ejerzan su poder de forma sutil o francamente abierta.

Por tanto, ya sea que ejerzamos el poder de forma manipuladora y en busca de la supremacía o aquella que tenuemente trata de influir en nuestro entorno, vivimos con el diablo adentro y haciéndose visible al querer este beneficio psicológico, sentirnos más que los demás. Para limitar a nuestro lucifer interno es importante darnos cuenta de que jugamos y a qué jugamos, es restaurador conocer para qué lo hacemos, es decir, qué obtenemos con el juego: atención, cuidado, la sensación de sentirse necesitado, compañía o, por el contrario, saber qué es lo que estamos tratando de evitar por lo general se trata de abandono, sentir una profunda inseguridad o desolación.

Hasta el próximo leencuentro.

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