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Todas las personas mayores han sido niños antes.

 (Pero pocas lo recuerdan.)

Antoine De Saint – Exupéry

Este es un texto dirigido a esos adultos que olvidaron que fueron niños y que disfrutaron de momentos increíbles junto a su familia o amigos. Pero que quizá también, tuvieron ciertas carencias y por esa razón prefieren olvidar su infancia por situaciones adversas como la cuestión económica, violencia intrafamiliar o ausencia de figuras parentales.

Ante ello, resulta relevante preguntarse: ¿qué es lo que más recuerdas de tu infancia?, ¿momentos buenos como los juegos, risas, aventuras y la convivencia familiar; o tal vez lo malo como la ausencia parental, los regaños o restricciones?

El Sombrero, la Boa y el Elefante. El Principito. Antoine de Saint-Exupéry.

Cuando somos niños tenemos lienzos en blanco, listos para ser llenados con colores en donde expresemos nuestros miedos, fantasías, lo que nos gusta o todo aquello que inventamos.

Las personas mayores me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas, y que pusiera más interés en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática.  Fue así como, a la edad de seis años, abandoné la magnífica carrera de dibujante.

Los niños poseen habilidades y destrezas que les ayudan a tener plenitud, tanto a nivel emocional como en sus habilidades cognitivas, tal es el caso de la memoria, percepción, atención, comprensión y lenguaje. Pero si estos procesos de estimulación no son suficientes, se corre el riesgo de que los menores presenten atrasos y trastornos en su aprendizaje, lenguaje o procesos psicomotrices.

Nuestra misión como adultos es proporcionar a los niños experiencias que les ayuden a generar aprendizajes, los cuales conformarán una base importante en su vida; por ende derivará en la seguridad en sí mismos y la confianza para enfrentar y resolver conflictos a futuro. Así, contarán con habilidades sociales y podrán disfrutar de un desenvolvimiento adecuado con su grupo de iguales y con las personas que los rodean.

La clave para generar dichas bases es el “tiempo de calidad”, y es que, ¿cuántos de nosotros recordamos más el tiempo con los amigos que con nuestros padres? No obstante, existen muchos factores que intervienen para que este “tiempo de calidad” no sea el adecuado; se necesita de un entorno familiar que contribuya al desarrollo y sea generador de un ambiente seguro, grato y libre de culpas para el menor.

Para ello necesitamos poner en práctica la empatía, ya que esto facilita la convivencia entre el adulto y el niño. Conocer las necesidades del menor, debido a que muchas veces se comete el error de llenar de juguetes o dinero con el fin de cubrir culpas o ausencias por parte de los adultos y así ganar “el amor o la aprobación” de los infantes.

Una forma para lograr entender las necesidades de los niños, es que como adultos no debemos olvidar nuestros años de infancia. Esos momentos en donde lo único que queríamos era que nuestros papás convivieran un rato con nosotros: que al final del día nos leyeran un cuento, jugaran a las escondidas o que maravillosamente nos hicieran reír con cosquillas.

Así, lo correcto es aprender de esas deficiencias e intentar romper patrones negativos. No porque nosotros tuvimos ciertas carencias, quiere decir que es normal repetir esas acciones; por el contrario, significa que tenemos la oportunidad de modificar esa dinámica que no nos favoreció, puesto que eso nos generó frustración, inseguridad, enojo o ciertas conductas inapropiadas que produjeron conflictos en diversas áreas de nuestra vida. 

Adultos y niños conviviendo. Autor: Ana Medel

Crecemos y continuamos con el rencor de aquello que nos faltó, pero tenemos la oportunidad de hacer cambios cuando somos conscientes de aquello que no se nos pudo otorgar. No quiere decir que los padres ausentes son los malos del cuento, sino que quizá buscaban una mejor calidad de vida para nosotros y tenían que salir a trabajar, aunque de niños no lo entendíamos, porque lo único que queríamos era que estuvieran ahí.

Muchos crecimos en una generación en donde íbamos a la casa de nuestros amigos en bicicleta, les silbábamos y salían a jugar con nosotros. Nos raspamos las rodillas jugando futbol en calle y el piso de nuestra vivienda era ese lienzo en donde creamos obras de arte. Actualmente, hay cosas que han cambiado y no es tan fácil dejar a nuestros niños salir a la calle, pero si nosotros estamos con ellos y les proporcionamos la seguridad necesaria, también podrán tener ese tipo de experiencias que hasta el día de hoy todos recordamos; y muchos de nosotros tenemos a esos amigos de la infancia que se quedaron para ser una red de apoyo en nuestra vida. 

Mediante una convivencia armoniosa con los niños, podemos generar en ellos una forma de pensar diferente. Hacer que levanten la mirada del dispositivo electrónico (que nosotros proporcionamos) y que puedan visualizar que afuera de él, hay muchas más opciones para jugar, experimentar, crear. Es el momento de dotarlos de materiales que les permitan detonar sus habilidades; y como adulto, no se trata sólo de ser observador, sino de ensuciarte las manos, tirarte al piso y crear un mundo juntos, porque seguramente recordará ese día, toda su vida.

Este texto llega hasta ti gracias a la colaboración de la Psic. Ana Medel. Si desea contactarla póngase en contacto por medio del correo psicomedel249@gmail.com o bien, en la sección de comentarios.

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