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Todos alguna vez en nuestra vida hemos experimentado culpa, y podemos intuir por cómo nos sentimos que este sentir puede ser devastador en más de una forma, ya que conduce al autorreproche y a la desvalorización de uno mismo y en casos más críticos, alimenta pensamientos suicidas y trastornos como la depresión.

El Psicólogo Wayne Dyer refiere que la culpabilidad es, de todas las zonas erróneas de comportamiento, la más inútil puesto que malgasta mayor cantidad de energía emocional debido a que las personas suelen sentirse inmovilizadas en el presente por algo que ya pasó.

Existen ciertas características entre las personas que comúnmente experimentan este sentimiento, las cuales son:

  • Son exigentes consigo mismos y perfeccionistas, lo que constantemente les puede generar frustración.
  • Suelen tener miedo a equivocarse. Cualquier contratiempo es visto como un fracaso.
  • Tienden a autocastigarse a través de pensamientos negativos
  • Son muy críticos, lo que hace fácil despreciarse o desvalorizarse.
  • Suelen padecer contracturas musculares debido a la tensión emocional y el estrés al que están sometidos.

Para el Dr. Dyer, autor del libro “Tus zonas erróneas”, la culpabilidad asume dos formas básicas, por un lado, tenemos la culpa residual, la cual es una reacción emocional que las personas llevan consigo desde sus memorias infantiles. Si funcionan en el caso de los niños, la gente adulta sigue cargando con ellos en etapas posteriores de su desarrollo; frases como “Papá no te va a querer si desobedeces” o “Bueno, haz lo que te plazca, a fin de cuentas soy sólo tu madre” son acciones que culpabilizan al niño quien es manipulado.  Por lo tanto, este tipo de culpa sigue funcionando cuando el niño se convierte en adulto.  La culpa residual también aflora en el sexo y en el matrimonio. Es fácil verlo en diversos remordimientos y en las excusas por comportamientos pasados. En resumen, estas reacciones de culpa se producen porque en la infancia el niño aprende a ser manipulado por los adultos y estas mismas reacciones pueden seguir funcionando en el hombre que ha dejado de ser niño.

En otro orden de ideas, la culpa cumple una función adaptativa, la cual fortalece el autocontrol ya que contribuye a regular el comportamiento social indeseable manteniendo las relaciones personales. Esta función se alimenta de las normas legales y el código moral propio de cada sociedad, cultura y familia que define los comportamientos adecuados y los inaceptables, así como las consecuencias de su transgresión. El problema es que muchas veces esta función se deforma y es cuando pensamos que el satisfacer nuestros gustos y necesidades no es correcto. Si bien los mensajes represores son muy comunes en nuestra cultura, la culpa que se puede llegar a sentir cuando la persona se está divirtiendo o simplemente satisfaciendo sus necesidades es autoimpuesta, la segunda forma de culpa.

La culpa autoimpuesta -la que más molestia provoca- suele darse cuando se infringe una norma adulta o un código moral. Entre las culpas autoimpuestas más típicas está la de haber reñido con alguien y luego sentirse mal por haberlo hecho, o el sentirse mal debido a algo que se ha hecho como haberse ido sin pagar en un negocio, no haber asistido a la iglesia, o haber dicho algo indebido. Son más difíciles de detectar en otras situaciones como en los regímenes alimenticios, donde comer una galleta es suficiente para martirizarse todo el día por no tener fuerza de voluntad. La culpabilidad autoimpuesta es una tentativa de cambiar la historia, de desear que las cosas no fueran como son, lo que hace una serie de acusaciones y tormentas en la cabeza.

Otros autores tienen una clasificación distinta, hablan por ejemplo de culpabilidad sana, algo así como un Pepe Grillo que nos advierte que hemos cometido una falta, nos hemos saltado las normas personales o sociales, y como consecuencia quizá hicimos algún daño. Este tipo de culpabilidad nos incita a respetar las reglas y nos castiga al infringirlas.

La otra clase de culpa es la mórbida, la cual es muy parecida a la autoimpuesta solo que en esta se introduce la idea de que debemos de abarcar muchas cosas, desencadenadas por la presión social, como: un buen sueldo, estar a la moda, tener una camioneta o tener tu casa a los 30 y al no poderlo lograr, nos sentimos incapaces e inseguros.

La autora del Libro de las pequeñas revoluciones, Elsa Punset, tiene un ejercicio fenomenal que te puede ser de utilidad. Se trata de imaginar una caja en tu cabeza con la etiqueta expectativas. Cuando lleguen estos pensamientos de lamentación por las cosas que podían haber sido o que debían haber sido, mentalmente hay que meterlas en esa caja y encerrarlas para que no prosperen. Si acaso cuesta trabajo imaginarla, se puede dibujarla e ir escribiendo mentalmente las expectativas y los hubieras que te están haciendo daño para introducirlas.

Pero, sin importar el tipo de culpa que estés sintiendo es importante que te centres en los hechos, si te has equivocado y te sientes culpable, trata de solventar el sentimiento poniéndole una solución o simplemente expresándolo; si el hecho corrobora que no erraste pero crees que sí, entonces trabaja en aquello que te está sucediendo emocionalmente para tener la sensación de que no lo estás haciendo del todo bien. Y, sobre todo, ten en cuenta que no existe ninguna dosis de culpabilidad, por grande que sea, que pueda cambiar el pasado.

Hasta el próximo leencuentro.

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