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Aprender a perder constituye todo un reto: equivale primero a admitir que la vida es una montaña rusa con momentos satisfactorios pero también con momentos dolorosos; admitir que como las estaciones de la Tierra, el corazón también pasa por primaveras e inviernos.

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Es la pérdida la que muchas veces nos obliga a pasar por esas temporadas tristes, frías y sin energía. La muerte de un ser querido es sin duda, la pérdida emocional más grave pues cuestiona nuestro proyecto de vida, nuestro sentir, nuestra identidad y hasta el propósito de nuestra vida, pero no es la única pérdida que experimentamos, salir del confort del útero es la primera; cuando aprendemos a caminar perdemos las constantes oportunidades de ser contenido en los brazos de mamá, cuando ingresamos al colegio perdemos la seguridad del hogar y nuestro entorno se modifica, cuando al volvernos adolescentes los juegos que más disfrutabamos se vuelven aburridos igual como esos amigos, el nacimiento del hermano menor que trae consigo el “dividir” la atención de los padres, al contraer matrimonio y se deja el nido de los padres para seguir con la vida. Cuando en el transporte sufrimos un asalto y nos despojan de la cartera y del celular que con trabajo pudimos comprarnos. El divorcio inminente tras la separación de los que alguna vez fueron un par de enamorados, el desempleo o la jubilación después de años de servicio. El diagnóstico de una enfermedad que tendrá como resultado una modificación en mis hábitos cotidiano y la lista podría seguir…

La Tanatología es una disciplina científica que se encarga de encontrar el sentido al proceso de la muerte, sus ritos y significado concebido como disciplina profesional, que integra a la persona como un ser biológico, psicológico, social y espiritual para vivir en plenitud y buscar su transcendencia (INMEXTAN, 2015). También se encarga de los duelos derivados de pérdidas significativas que no tengan que ver con la muerte física. Por lo anterior es tarea del Tanatologo el apoyar, acompañar y dar consejería durante el proceso de duelo, sin importar el tipo de pérdidas de la que se trate. Procurar, si estamos en ámbitos hospitalarios, que al paciente se le trate con respeto, cariño, compasión y que conserve su dignidad hasta el último momento. El tanatólogo debe de tener empatía, confidencialidad y cordialidad, para poder ofrecer al paciente el apoyo que él busca.

Porque toda pérdida exige la tarea de Hacer un Duelo, de adaptarse al cambio que impone la vida y resignificar aquello que hemos perdido. Si bien en los anteriores ejemplos no podemos incidir en el resultado, si podemos elegir el cómo vivir nuestra vida en lo posterior.

El duelo concebido como un proceso activo (Attig, 1991) ofrece al doliente cientos de opciones que él puede elegir o descartar: si se prepara o no para el inaplazable momento de la muerte tras la enfermedad, si ve o no el cadáver, si se despide o no, si guarda o si reparte las pertenencias del ausente, si habla de la persona o se aisla sin decir palabra, si se permite el llanto y la tristeza o los disfraza con actitudes de frialdad y rectitud. Tras el cambio que supone una experiencia de duelo, la persona no retorna al punto de partida, es por eso que el duelo implica no solo un proceso de reaprender el mundo externo desorganizado y cambiado, sino también el de reaprendernos y reconocernos a nosotros mismos (Attig, 1996).

Hay tantas formas de vivir y experimentar el duelo como humanos hay en el planeta y muy probablemente esa sea la razón por la cual el objetivo de la Tanatología es tan claro y contundente: que los dolientes aprendan a vivir “de nuevo”. Lo que implica aprender a vivir sin algo o sin alguien, de otra forma, y que esta forma sea positiva para nosotros. Es evocar aquello que ya no esta con cariño y nostalgia, pero sin que su recuerdo sea un obstaculo para seguir con mi día a día y con mi crecimiento, es dejar ir sin olvidar, es separarse. Es organizar un nuevo mundo con prioridades diferentes, es aceptar mi nueva realidad.

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