El arquetipo de la madre constituye la base del complejo materno. En su libro Arquetipos e Inconsciente Colectivo (1984), Jung señala que la madre es la forma que contiene todo lo viviente, una fuerza arquetípica presente en la psique de todos los seres humanos.
El complejo materno se origina, en primer lugar, en la experiencia con la madre personal; luego se amplía con las relaciones significativas con otras mujeres y con las ideas colectivas que nuestra cultura tiene sobre la maternidad. Es, en palabras de Sharp (1997), un conjunto de ideas y emociones ligadas a la imagen y experiencia de la madre.
La relación temprana que el niño o la niña establece con una figura femenina —sea la madre biológica o no—, que encarna la idea esencial de maternidad, da forma al complejo materno (Miranda & Onofre, 2010).
Conviene hacer la importante distinción entre la madre real y el complejo materno: este último no representa a la madre concreta, sino la imagen interna que el individuo construye a partir de su experiencia emocional con ella, señalado por Jung en otra de sus obras (Jung, 1970).
En palabras de Murdock “Tanto si nuestra madre personal fue cálida o distante, presente o ausente, nuestra relación interna con ella queda integrada en nuestra psique como complejo materno” (1993, p. 163).
Los efectos de este complejo pueden manifestarse de distintas formas. En las hijas, Jung describe que pueden ir desde la estimulación del instinto femenino hasta su inhibición total, dependiendo de cómo se haya vivido ese vínculo.
Cuando el amor materno se vuelve excesivo
En algunos casos, el complejo materno se expresa como una hipertrofia de lo materno, que significa un impulso excesivo hacia el cuidado, la entrega o la dependencia emocional.
La mujer que vive desde este lugar suele definirse a través de sus hijos o de las personas que cuida. Su identidad se vuelve relacional, y su Eros —su capacidad de amar y vincularse— se limita al rol de madre. A menudo, detrás de esta entrega se oculta una necesidad inconsciente de poder o de control. Cuanto menos consciente es de sí misma, más fuerte se vuelve ese impulso de dominar o retener (Jung, 1984).
Cuando una madre vive a través de sus hijos, esperando que ellos validen su identidad, estos aprenden a complacer y a ocultar sus verdaderas emociones. Reproducen, sin saberlo, un patrón de dependencia y miedo a decepcionar.
Como señalan Miranda y Onofre (2010), las mujeres que han sido mutiladas por el poder de sus propias madres suelen repetir el mismo modelo educativo, perpetuando el ciclo.
Esta hipertrofia también puede ser vista cuando una madre da más de lo que el hijo o hija necesita —porque teme perderlo o quedarse vacía— puede convertirse en una figura asfixiante. Frases como “nadie te querrá como yo” expresan este tipo de amor posesivo.
En Los complejos y el Inconsciente, Jung (1970) advierte que quienes viven bajo la influencia de este complejo pueden desarrollar miedos, ansiedad, fobias o una profunda dificultad para separarse simbólicamente de la madre.
El lado oculto del vínculo madre-hija
Miranda y Onofre (2010) señalan que uno de los aspectos más difíciles de esta relación suele ser la envidia materna, surgida de la creencia de que todo lo que la hija posee es resultado del sacrificio de su madre.
Por su parte, Grecco (1995) describe que muchas mujeres, bajo el influjo de este complejo, sienten una necesidad profunda —casi física— de ser madres, como si solo a través de la maternidad pudieran realizarse o sentirse completas.
Sin embargo, el complejo también tiene un aspecto luminoso: el amor maternal como fuerza nutritiva, cálida y protectora, que deja huellas imborrables en la memoria emocional. En su polaridad positiva, la madre representa la raíz de toda transformación y crecimiento: dispensadora de vida, incansable y llena de gozo (Jung, 1984).
Nancy Friday, en su libro Mi madre/Yo misma (2007) nos recuerda que el amor materno no es perfecto ni inmutable. Como todo amor humano, está atravesado por ambivalencias, luces y sombras. Y ninguna persona se libra de tenerlo, de alguna u otra manera.
Cuando la madre vive por la hija
En algunos casos, el complejo materno genera una proyección inconsciente de la personalidad sobre la madre. La hija, absorbida por la figura materna, se convierte en su sombra. En palabras de Carl G. Jung “Lleva la existencia de una sombra, visiblemente absorbida por la madre, a la cual prolonga la vida como si le hiciera una transfusión de sangre” (1984, p.83).
En la adultez, estas hijas pueden establecer relaciones de pareja donde repiten el mismo patrón: relegan su propia voz, ceden el poder y viven a través del otro.
Para ejemplificar, Friday (2007) lo manifiesta con contundencia: “Cuanto más destaque él, más miedo tendrá ella de que la abandone. Al fin y al cabo, se considera una don nadie.” (p.320)
La defensa contra la madre
Otro modo en que puede manifestarse el complejo materno es a través de la defensa y la negación. En Mentalizarte Responde tenemos una columna al respecto: “Cualquier cosa, menos ser como mi madre” nos decimos muchas de nosotras.
Aquí aparece una lucha interna. La hija se define por oposición, pero en esa resistencia sigue atada. Cuanto más reniega de su madre, más fuerza tiene la imagen interior que intenta negar. En este tipo de complejo, la energía vital se invierte en la defensa, dificultando el desarrollo de una identidad propia. Incluso las decisiones vitales —como la pareja o la maternidad— pueden ser respuestas inconscientes a ese rechazo. “Mientras más enojadas estemos con la madre, más se mantendrá ella en la cumbre de nuestros pensamientos” (Friday, 2007, p.241).
En estos casos, la hija rechaza distintos aspectos del arquetipo materno (Jung, 1984):
- La madre como familia: resistencia o desinterés hacia lo doméstico o lo comunitario.
- La madre como útero: dificultades menstruales, rechazo o miedo al embarazo.
- La madre como materia: desconexión con el cuerpo, torpeza o falta de gusto en el vestir.
En este punto, también es común que esos instintos están todos concentrados sobre la madre en forma de defensa y no son por eso aptos para construirse una vida propia. Es decir, si la mujer llegará a casarse o a tener una pareja el casamiento sólo es útil para liberarse de la madre, pero bajo la condición de que este hombre tenga en común con su madre rasgos esenciales de carácter.
El trabajo terapéutico con el complejo materno no busca culpar ni idealizar a la madre, sino reconocer la huella psíquica del vínculo.
Sanar este complejo implica reconciliarse con la propia historia, integrar lo rechazado, reconocer lo que dolió y también lo que nutrió.
Solo entonces es posible separarse, mirar a la madre con compasión y elegir ser —por fin— una misma aunque, en la gran mayoría de las ocasiones esto no se haga sin rompimientos.
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