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El psicólogo social León Festinger planteaba que los seres humanos tenemos la necesidad constante de evaluar nuestras habilidades y opiniones, sobre todo cuando nos quedamos sin pistas de nuestra valía y eficacia. Décadas después Thomas A. Willis, formulo el termino comparación ascendente y descendente en función de si nos comparamos con gente que está mejor o peor que nosotros. Nos comparamos todo el tiempo, a veces sin siquiera darnos cuenta: hacemos la comparación con las plantas del jardín de vecino, con la compañera de trabajo o con aquel que se ve más amolado que yo pero que tiene mi edad…

Las redes sociales también aportan su granito de arena pues las publicaciones de las fiestas, los viajes y los conciertos propician el caldo de cultivo para que cualquier persona con esta inclinación y un alto neuroticismo se sienta afectado.

Sin embargo, te sorprenderá saber que una de las equivocaciones más grades que podemos cometer es justamente compararnos, sin importar con quién.

Las consecuencias de la comparación

A veces esta acción nos persigue desde que somos niños -incluso sin mala intención- de familiares que nos comparan con nuestros hermanos o primos, pero ahora que somos adultos es importante conocer las consecuencias que tiene el compararnos. Entre ellas están:

  1. Vivimos con frustración

Poner nuestra mirada afuera para otorgarnos valor por lo general solo funciona para tener malestares, a veces por falta de aprecio, a veces por pensar que no podemos llenar los zapatos de la otra persona, pero sin importar el momento, lo que siempre está presente es la inconformidad y la frustración de no ser como fulano o no tener lo que él o ella tiene.

  1. Disminuye nuestra autoestima

Compararnos, obviamente, le pasa factura a nuestro autoconcepto y a nuestra autoeficacia; cuando la imagen que tenemos de nosotros mismos solo está subordinada a la que tenemos de los demás, es cuando aparece un problema. Esta acción nos lleva a rechazar la persona que somos. Sin proponérnoslo adoptamos una posición de idealizar al otro y con ello desvalorizamos nuestro ser y nuestro esfuerzo.

  1. Genera dinámicas de competencia

Este podría ser el punto donde las cosas dejan de ser tan claras. A veces, las personas se comparan como una forma motivacional de lograr aquello que las otras personas tienen y a veces funciona. Aunque también pasa que se convierte en la única forma en que esa persona se evalúa a sí misma, es decir, depende de un criterio externo para dar valor a lo que realiza. Cuando esto es así, la competencia no se hace esperar, los esfuerzos se centran en conseguir aquello que me va a dar valor porque veo que le da valor a esa persona.

La competencia y la comparación solo hace que olvidemos quienes somos y que nos hace valiosos en realidad.

Gerard Altmann en Pixabay

¿Qué hacer para no compararse?

  • Empieza por identificar en qué momentos te comparas: ¿Cuándo lo haces? ¿En qué contextos? ¿Qué quieres conseguir de la comparación?
  • Observa toda tu historia de vida. Esto te permitirá ser más justo contigo y entender por qué no has logrado el objetivo propuesto y valorarte por todo lo que has logrado.
  • Recuerda ¡no tienes que competir con nadie! la comparación nos lleva a una carrera dañina con los otros y con nosotros mismos.
  • Trata de ser consciente del malestar y el daño que la comparación genera. ¿Crees que la comparación te ayuda a lograr tus metas o te limita?
  • Trabaja en tu seguridad. Las personas con autoestima sana, que se saben capaces, guapas y seguras tienen mayor probabilidad de reconocer y aplaudir las habilidades de las demás personas sin envidiarlas o tener que conseguirlas.

En resumidas cuentas

Aunque suene a cliché, no podemos compararnos con quienes no son iguales a nosotros y ¿Adivina qué? No hay nadie igual a nosotros.

Podemos tener muchas coincidencias con otras personas, como con gustos similares en la comida, en la música, en la forma de vestir o en los valores que nos parecen importantes. Como animales sociales que somos tendemos a vincularnos con aquellos que nos resultan afines, pero eso no nos hace iguales. La única coincidencia al 100% es con nosotros mismos.

La comparación constituye en sí misma una trampa, ya que nos lleva por caminos equivocados; tomamos un solo aspecto de la vida de esa persona y lo medimos en nuestra vida, sin pensar que la vivencia de esa persona es completamente distinta a la mía, no tuvo mis padres, no vivió en mi colonia, no compartimos los dolores o las alegrías. Sin hablar de que no tiene mi personalidad ni mis creencias. Entonces, ¿qué comparo?

Ya nos lo decían en nuestras clases de matemáticas, y aquí también aplica, si comparo la habilidad de alguien con mi dificultad de hacer algo, no parto de la igualdad y la igualdad es la condición necesaria para poder comparar.

Te dejamos aquí otros enlaces que pueden ser de tu interés:

https://www.bicaalu.com/tintero_digital/2018/bicablog_20180902.php

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